CASTILLO DE QUERMANÇÓ
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Galopa la Tramontana
a través del Ampurdán,
sus rojos cascos desgarran
nubes de sangre y coral.

 Aúlla cual feroz lobo
encima de Quermançó:
querría hallar acomodo
para modular su son.

 Busca entre los agujeros
áurea cabra judía;
es Argonauta a destiempo
que valiosa joya ansía.

 Frío buril afilado
silba por entre las torres,
descarna los torreones
y arcos que yacen tronchados.

 Gime airado pues no encuentra
rastro de archivo condal…
al castillo hicieron mal:
¡venganza pide y reniega!

 No quiere dejar ni marca
de quien mandó destruirlo:
vizconde de Peralada
o Felipe "El Atrevido"

o Ramón Berenguer IV,
el conde de Barcelona,
o el rey Juan que le ha enviado
tan cruel y fuerte tropa

o aquel mariscal Suchet
que fue muy mal artillero
-sin conectar mecha y fuego-
en la guerra del francés,

dejándole a la condesa
Teresa la de Molins
-tuétano y nuez la leyenda-
medios para épico fin…

Quermançó, nido de nobles
independientes, guerreros,
robusto emblema de un pueblo
que a malos tiempos se opone,

rechaza las fantasías
del audaz "Capitán Trueno"
y dineros que debían
campesinos del medioevo…

 Astillado, adusto, muerde
cielo azul del Ampurdán,
enumera las estrellas
y espía la brava mar…

 Espera, altivo y sereno,
desde su esbelto peñón,
que algún daliniano sueño
le torne fama y honor.
 

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Maria Terrades i Compte
Catedràtica de lengua y literatura española.
Doctora en filologia románica.

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Castell de Quermançó